Tengo las manos frías y me cuesta escribir. He estado tres horas en un puente, mirando el mundo, esperando a que llegaras para poder mostrarte lo que yo sentía ahí arriba. Sólo veía coches moverse y sólo sentía el viento en mi cara. Me gusta ese lugar, veo todo claro, abajo el mundo se mueve, no va a parar, no se para; y yo estoy arriba quieto, mirando lo demás. Al mundo le da igual que yo esté quieto, que no me mueva con ellos, ellos siguen moviéndose. Y a mí me da igual que se muevan, yo sigo inmóvil. Hace que me sienta libre, único.
Hoy no viniste.
Yo siempre he estado arriba, tú estabas abajo y de repente paraste por mí y subiste a donde estaba yo, al puente, para llevarme contigo y que nos fuéramos juntos con el mundo. Yo te paré, te hice subir y me quedé allí, inmóvil, contigo, sin pensar porque sabía que querías quedarte conmigo ahí arriba. Me equivoqué. Quería crear un mundo nuevo, contigo y conmigo, nuestro, tenerlo para nosotros solos, y cuando lo tuvieramos demostrarle a todo el mundo que nuestro mundo era mejor que el suyo.
Entonces te fuiste y todo se redujo a una cosa, su mundo es mejor.
Ahora me doy cuenta y ahora puedo pedir perdón. También puedo decir adiós. Yo no voy a pasar página, porque no quiero, porque lo que siento es lo único que merece la pena de lo que tengo, pero debo dejarte marchar. Hoy no hay rencor ni odio, hoy he conseguido quererte como me prometí que lo haría. Hoy te quiero más que nunca y por eso debo borrarme de tu vida, porque es más justo.
Adiós princesa.
No hay comentarios:
Publicar un comentario